miércoles, 8 de febrero de 2012

La descendencia del hijodalgo extremeño Alonso de Quintana

Uno de los linajes coloniales más antiguos que echó sus raíces en la ciudad de San Bartolomé de Gamboa de Chillán (cuyo escudo de armas puede verse a un costado del texto), fue el que trajera desde Extremadura, en España, el hijodalgo Alonso de Quintana (también llamado "de la Quintana"). Esta familia, por lo menos hasta donde ha llegado la investigación genealógica, no reconoce parentesco alguno con la familia que fundara el noble cántabro Manuel Antonio de Quintana y de la Maza; pero es muy probable que esté vinculada a un tronco de este apellido que tendió sus ramas en la Región del Maule, y cuyo antepasado más antiguo que se conoce fue el chillanejo Pedro Nolasco Quintana.

En este artículo me referiré a las descendencias tanto del extremeño Alonso de Quintana como del chillanejo Pedro Nolasco Quintana.



Primera parte
Sucesión genealógica del extremeño Alonso de Quintana

I. Alonso de Quintana, vecino de un villorrio citado por el genealogista Gustavo Opazo Maturana y por el padre Luis de Roa como "Cartajón" (Opazo, 1941: 228; Roa, 1945: 558); muy probablemente se trate del pueblo de Carbajo, en el valle de Valencia de Alcántara, provincia de Cáceres, Extremadura, España. Aunque sólo es mi presunción, estimo que es dable por cuanto el genealogista Gustavo Opazo calificó este linaje como de origen extremeño (Opazo, 1941: 12). Acerca de su calidad, Roa no se pronunció; pero Opazo anotó que fue de naturaleza hijodalgo (Opazo, 1941: 228; 1957: 205; Roa, 1945: 558). Fue su hijo legítimo Alonso, que se trata en II.

II. Alonso de Quintana, nació en Cartajón el año 1580. Venido a Chile en 1600, consta que asistió como soldado a las campañas de Arauco. Fue vecino de la ciudad de San Bartolomé de Gamboa de Chillán.
Casó en Chillán con Luisa de Castro, natural de dicha ciudad, hija legítima del capitán Luis Castro de Castilla (nacido en Sevilla, Andalucía, España) y de Beatriz Gutiérrez (natural de Angol).

Hijos:

1. Alonso de Quintana y Castro, en III.
2. Juana de Quintana y Castro, nacida en Chillán; sin sucesión.
3. Fray Agustín de Quintana y Castro, O. F. M., nacido en Chillán; sacerdote franciscano, activo en 1672; de tratarse de la misma persona, habría sido guardián del convento de San Francisco, Chillán, en 1714, en que firma en calidad de asistente a un cabildo abierto celebrado con ocasión de la traslación del convento y del colegio de la orden jesuita a una loma conocida como "de la Horca" (Muñoz, 1921: 158-159).
4. Juan de Quintana y Castro, nacido en Chillán; casó allí con Inés de Ocampo y Gasco, hija legítima del capitán Francisco de Ocampo y Osorio, regidor de Chillán en 1650, y de María Gasco de Velasco y Godoy (nacido en Concepción en 1598 y fallecido en Rauquén, Maule, el 15 de noviembre de 1679; hijo legítimo, a su vez, de Francisco Gasco de Velasco, alcalde de Chillán, y de Isabel de Godoy y de la Rosa).

III. Alonso de Quintana y Castro, chillanejo, fue vecino encomendero de esta ciudad; militó en la guerra de Arauco junto al capitán Juan de Zúñiga, con quien murió durante el alzamiento general de los indios en 1655.
Contrajo matrimonio en Chillán, hacia 1640, con Francisca González y Toledo Mejía, nacida allí, hija legítima del capitán Adán González y de Micaela de Toledo (hija natural de Luis de Toledo, hijo legítimo, a su vez, del vecino fundador de Chillán y capitán Alonso de Toledo Mejía y de Isabel de Alfaro [Opazo, 1957: 168]).

IV. Agustín de Quintana y González de Toledo, bautizado en Chillán en 1640 (Opazo, 1941: 228; 1957: 205) o nacido en 1641 (Roa, 1945: 558), y murió allí alrededor de 1729. Capitán, sucedió en segunda vida a su padre en la encomienda que éste poseyó, 1680.
Casó en Chillán con María de Mardones Valdivia, nacida allí hacia 1652, hija legítima del capitán de infantería española Pedro de Mardones y Valdivia, castellano del fuerte de Arauco y sargento mayor de Chillán, y de Juana de Lagos y Contreras.

Hijos:

1. Alonso Quintana y Mardones, en V.
2. Ana Quintana y Mardones, nacido en Chillán hacia 1693 y fallecida allí el 14 de diciembre de 1735; mujer de José de Guzmán.
3. María Quintana y Mardones, nacida en Chillán y muerta soltera allí el 19 de septiembre de 1737.
4. Elena Quintana y Mardones, en V A.
5. Juan Quintana y Mardones, en V B.
6. José Quintana y Mardones, en V C.
7. Ignacio Quintana y Mardones, en V D.

V. Alonso Quintana y Mardones, nació en Chillán hacia 1680 y murió allí el 4 de noviembre de 1732; capitán, 1729; maestre de campo.
Casó en primeras nupcias, Chillán, con Rosa Bravo; en segundas, allí mismo, con Catalina de la Puente.

Hijos del Iº:

1. Agustín Quintana y Bravo, en VI.
2. Juan José Quintana y Bravo, oleado en Chillán el 23 de enero de 1724, de dos años y dos meses de edad (Libro 1º de bautismos, página 41). Se casó allí, el 15 de julio de 1766, con Josefa de Acuña y Gallegos, hija legítima del capitán Antonio de Acuña y de Narcisa de Gallegos (Libro 2º de matrimonios, página 65 vuelta; nota: se les dispensó el impedimento de consanguinidad en 4º grado). Hija: María del Rosario, nacida en Chillán, casada allí el 23 de enero de 1797 con Manuel de Ayala (natural de Jerez de la Frontera, España, hijo legítimo de Pedro de Ayala y de Petronila de Salazar; residente en Chillán desde 1792).
3. María de las Mercedes Quintana y Bravo, oleada en Chillán el 2 de enero de 1724, de cuatro meses menos cinco días (Libro 1º de bautismos, página 39).
4. Ignacio Quintana y Bravo, maestre de campo. Se casó en Chillán, el 22 de diciembre de 1784, con Rosa Vargas Machuca, hija legítima de Francisco Vargas Machuca y de Josefa de Bermeo (Libro 2º de matrimonios, página 19 vuelta).

Hijos del IIº:

5. María de las Mercedes Quintana y Puente, oleado en Chillán el 21 de noviembre de 1725, de dos años de edad (Libro 1º de bautismos, página 60 vuelta).
6. Juan José Quintana y Puente, bautizado en Chillán el 8 de noviembre de 1732, de dos meses de edad (Libro 2º de bautismos, página 13 vuelta).
7. Nolberto Quintana y Puente, en VI A.

VI. Agustín Quintana y Bravo, nació en Chillán hacia el año 1705. Con motivo de un proyecto de fortificación de dicha ciudad, su Cabildo convocó al vecindario para conocer el parecer de éste, el 24 de abril de 1772; entre los suscriptores del acta presentada ante la audiencia, se halló don Agustín, quien, de acuerdo a lo que se indica en el documento, había ejercido un cargo concejil (Muñoz, 1921: 216).
Casó en Chillán, en 1747, con Margarita de la Cerda y Fonseca, bautizada en esa ciudad el 15 de octubre de 1719, hija legítima del capitán Cristóbal Antonio Canales de la Cerda y Leiva Sepúlveda (nacido en Chillán en 1675 y fallecida allí mismo el 28 de noviembre de 1762; hijo legítimo, a su vez, de Luis de la Cerda y Alvear y de Sebastiana de Leiva Sepúlveda y Espinosa) y de Jerónima de Fonseca y Contreras (nació en Chillán en 1686, y murió allí el 16 de febrero de 1754; hija legítima, a su turno, de Francisco de Fonseca Lobos y Parra y de Fulana de Contreras).

Hijos:

1. José Quintana y Cerda, oleado en Chillán el 27 de junio de 1748, de ocho meses de edad (Libro 3º de bautismos, página 50).
2. Pedro Lucas Quintana y Cerda, en VII.
3. Antonio Quintana y Cerda, natural de Chillán. Contrajo matrimonio allí, el 20 de febrero de 1780, con Petrona del Pino y Riquelme de la Barrera, también natural de Chillán, hija legítima de Miguel del Pino y de Antonia Riquelme de la Barrera (Libro 1º B de matrimonios, páginas 190 vuelta y 191); con sucesión.

VII. Pedro Lucas Quintana y Cerda, bautizado en Chillán el 4 de enero de 1752; maestre de campo, vecino de dicha ciudad. Quizá se trate del vecino Lucas Quintana, que sirvió de testigo para la mensura de terrenos hecha por el agrimensor Carlos Francisco Ambrosio Lozier, en la hacienda "Montes de Badillo", donde se efectuaría la traslación del sitio urbano de esa ciudad, 9 de enero de 1836 (Muñoz, 1921: 307).
Se casó con Eugenia Dupré.

Hijos:

1. Faustino José Quintana Dupré, oleado y crismado en Chillán el 6 de octubre de 1793 (Libro 6º de bautismos, página 34 vuelta; padrinos: Miguel Sepúlveda y María Sepúlveda).
2. José María Quintana Dupré, oleado y crismado en Chillán el 12 de agosto de 1796 (Libro 6º de bautismos, página 80; madrina de óleo: Teresa del Pino; bautizado "en caso de necesidad" por Santiago Quintana; padrinos de agua: Antonio Lagos y Ana Quintana).

VI A. Nolberto Quintana y Puente, natural de Chillán.
Se casó allí, el 11 de febrero de 1763, con Rafaela Olate Lagos, hija legítima de Fermín Olate y de Manuela Lagos (Libro 2º de matrimonios, página 36).

Hijos:

1. Lorenzo Quintana Olate, casado en Chillán el 25 de diciembre de 1789 con Ana Candia Pérez, hija natural de Pablo Candia y de Cecilia Pérez (Libro 2º de matrimonios, página 39 vuelta).

V A. Elena Quintana y Mardones, bautizada en Chillán el año 1691.
Contrajo matrimonio en Chillán con el capitán Fernando del Bao y Álvarez, nacido en Coto de Pravia hacia 1670, maestre de campo y castellano del fuerte de Chillán en 1715, hijo legítimo de Alonso del Bao y Martínez Perriella (bautizado en Pravia, Asturias, el 18 de agosto de 1637; empadronado hijodalgo allí en 1644, 1650 y 1662) y de Aldonza Álvarez del Bao y Menéndez Inclán (empadronada hijadalgo en 1680, figurando viuda y con tres hijos).

Hijos:

1. Josefa del Bao y Quintana, nació en Chillán en 1715 y murió en esa ciudad el 1º de agosto de 1794, sepultada en la iglesia de la Merced de Chillán; casó en 1735 con José de Vargas Machuca y Bermeo (hermano de Rosa Josefa, citada en el párrafo V E -Ignacio de la Quintana y Mardones-, más adelante). Sus hijos fueron: a) Agustina Josefa, bautizada en Chillán el 11 de enero de 1737; y b) Juan José, bautizado allí el 5 de abril de 1751.
2. Juana Rita del Bao y Quintana, nació en Chillán; casó hacia 1745 con Julián de Vargas Machuca y Bermeo (hermano de Rosa Josefa, citada en el párrafo V E -Ignacio de la Quintana y Mardones-, más adelante). Hijos: a) María Rita, bautizada en Chillán el 11 de septiembre de 1747; b) Julián Pantaleón, bautizado allí en diciembre de 1751; c) Manuela, casada en Chillán el 24 de junio de 1770 con el capitán Simón Riquelme de la Barrera y Goicoechea (quien fuera el abuelo materno de Bernardo O'Higgins); d) Micaela, casó en Chillán el 18 de julio 1778 con Juan Francisco de Sepúlveda y Morales.
3. Ignacia del Bao y Quintana, nacida en Chillán; mujer del capitán Juan Riquelme de la Barrera y Cerda. Fue su único hijo: Agustín Ignacio, bautizado en Chillán el 11 de septiembre de 1747.
4. María Rosa del Bao y Quintana, bautizada en Chillán el 3 de agosto de 1721.
5. Fernando del Bao y Quintana, bautizado en Chillán el 12 de septiembre de 1723; casado con Josefa Riquelme. Fueron padres de Nicolasa, casada en Quillota con Francisco Bruno de Bahamonde.
6. Pablo del Bao y Quintana, bautizado en Chillán el 19 de abril de 1729; capitán; casó hacia 1755 con María Gajardo. Fueron padres de Ana María, casada en Chillán, 8 de octubre de 1770, con Alonso Riquelme Rodríguez (hijo legítimo del capitán Andrés Riquelme y Vallejos [hijo, a su vez, de Alonso Riquelme y Fernández de Soto y de Inés de Vallejos] y de Joaquina Rodríguez).

V B. Juan Quintana y Mardones, nació en Chillán el año 1686 (bautizado en 1688 [Opazo, 1957: 205]); activo en esta ciudad en 1729, año en que es citado como capitán (Opazo, 1957: 205).
Casó en Perquilauquén (hoy, San Carlos), mayo de 1704, con María de Elgueta y Candia, natural de Chillán, hija legítima del capitán Juan de Elgueta y de Francisca de Candia y del Águila (que lo fue de Miguel de Candia y de la Fuente [bautizado en Chillán en 1625, hijo legítimo del capitán Alonso de Candia y Prosoedo/Protaedo y de María de la Fuente y Manrique de Lara; capitán de infantería española] y de Francisca del Águila).

V C. José Quintana y Mardones, natural de Chillán; fue calificado de alférez, en el bautismo de su hijo Juan José, 1725; habiendo enviudado, tomó los hábitos sacerdotales y fue ordenado presbítero en 1731; cura de Yumbel, 1765; de Santa Bárbara, 1768-1778. En 1751, sufragó, junto a otros vecinos, en favor de la traslación de la planta urbana de Chillán al paraje denominado "de la Horca" (Muñoz, 1921: 189-190).
Contrajo matrimonio en Chillán con Andrea de Montoya, fallecida antes de 1731 (presumiblemente tras el parto de su hija Francisca).

Hijos:

1. Juan José Quintana y Montoya, bautizado en Chillán el 1º de septiembre de 1725 (Libro 1º de bautismos, páginas 71 vuelta y 72).
2. Bartolomé Quintana y Montoya, oleado en Chillán el 20 de diciembre de 1735, de nueve años de edad (Libro 2º de bautismos, página 93).
3. Francisca Sabina Quintana y Montoya, bautizada en Chillán el 7 de noviembre de 1729.

V D. Ignacio Quintana y Mardones, nació en Chillán el año 1712; asistente a una asamblea que resolvió reunir fondos para abrir en el río que pasa por la ciudad, un desagüe que evitara las usuales inundaciones, 29 de mayo de 1735 (Muñoz, 1921: 167); suscribió un acta en el que se expuso un proyecto de fortificación del pueblo, 24 de abril de 1772; allí se dejó expresa constancia que, entre otros, Quintana había obtenido oficio concejil con anterioridad (Muñoz, 1921: 215).
Casó en Chillán en primeras nupcias con Rosa Canales de la Cerda; en segundas nupcias, Chillán, 22 de diciembre de 1784, con Rosa Vargas Machuca, hija legítima de Francisco Vargas Machuca y Josefa de Bermeo (Libro 2º de matrimonios, página 19 vuelta).

Hijos:

1. Pascual José Quintana y Cerda, oleado en Chillán el 1º de marzo de 1743, de dos años y ocho meses de edad (Libro 2º de bautismos, página 188).
2. Alonso Quintana y Cerda, oleado en Chillán el 1º de marzo de 1743, de un año y ocho meses (Libro 2º de bautismos, página 188). Se casó en Chillán, el 13 de noviembre de 1784, con Rosa Acuña, hija legítima de Antonio de Acuña y de Narcisa de Gallegos (Libro 2º de matrimonios, página 6).
3. Santiago Quintana y Cerda, en VI.
4. Josefa Quintana y Cerda, casada en Chillán el 15 de junio de 1777 con Ignacio Zapata Sanhueza, hijo legítimo del capitán Félix Zapata y de Rosa Sanhueza (Libro 1º B de matrimonios, página 75).

VI. Santiago Quintana y Cerda, bautizado en Chillán el 22 de junio de 1753 (Libro 4º de bautismos, página 43).
Contrajo matrimonio en Chillán, el 8 de septiembre de 1777, con Mercedes Dupré y Acuña, hija legítima de Toribio Dupré y de Mónica de Acuña (Libro 1º B de matrimonios, página 165 vuelta; nota: se les dispensó el impedimento de consanguinidad en 4º grado).

Hijos:

1. Santiago Apolinario Quintana Dupré, oleado y crismado en Chillán el 4 de agosto de 1791 (Libro 6º de bautismos, página 3 vuelta; bautizado "en caso de necesidad" por Ignacio Quintana; padrinos de agua y de óleo: Alonso Quintana y Rosa Acuña)
2. Rufina Quintana Dupré, oleada y crismada en Chillán el 12 de agosto de 1796 (Libro 6º de bautismos, página 80; padrinos de óleo: José Quintana y Manuela Dupré; bautizada "en caso de necesidad" por José Riquelme; padrinos de agua: Juan Riquelme y Ana Quintana).


Referencias:

1. Muñoz Olave, Reinaldo (1921). Chillán, sus fundaciones y destrucciones. 1580-1935. Santiago de Chile, Imprenta de San José.
2. Opazo, Gustavo (1941). Origen de las familias del antiguo obispado de Concepción. 1551-1800. Santiago de Chile, Librería y Editorial Zamorano y Caperán.
3. Opazo Maturana, Gustavo (1957). Familias del antiguo Obispado de Concepción. 1551-1900. Santiago de Chile, Editorial Zamorano y Caperán.
4. Roa y Ursúa, Luis de (1945). El Reyno de Chile. 1535-1810. Estudio histórico, genealógico y biográfico. Valladolid, Talleres Tipográficos Cuesta.



Segunda parte
La familia del chillanejo Pedro Nolasco Quintana

I. Pedro Nolasco Quintana, oriundo de Chillán.

Contrajo matrimonio con N del Canto.

II. Faustino Quintana del Canto, se estableció en Maica, a orillas del río Putagán, a principios del siglo XIX. De acuerdo a una tradición familiar, estuvo presente en el asalto de Yerbas Buenas (Chacón, 1929: 157).
Casó con Dolores Araya.

Hijos:

1. Dionisio Quintana Araya.
2. Carlos Quintana Araya.
3. Rómulo Quintana Araya.
4. Juan José Quintana Araya, en III.
5. Rosario Quintana Araya.
6. Isabel Quintana Araya.
7. Luisa Quintana Araya, casada con Emilio Cuevas. Hijos: a) Abraham Cuevas Quintana; y b) Carlos Cuevas Quintana, nacido en Linares en 1862.
8. Carmen Quintana Araya, casada con Estanislao Insulza Rojas (llegado a Linares como director de la escuela superior en 1869 [Chacón, 1929: 249]). Hijos: a) Estanislao Insulza Quintana, casado con Lucila Fuentes San Martín (abuelos paternos del actual presidente de la OEA, José Miguel Insulza Salinas); b) Elena Insulza Quintana; c) Dionilde Insulza Quintana.
9. María del Rosario Quintana Araya, en III A.
10. Cruz Quintana Araya.

III. Juan José Quintana Araya, nació hacia el año 1824 y murió en calle Constitución, Linares, a las 10 de la mañana del 22 de abril de 1894 (inscripción de defunción Nº 404, año 1894, Registro Civil de Linares). Fue teniente graduado de las tropas del general Bulnes. Participó en la batalla de Barros Negros, donde fue tomado prisionero por las fuerzas del general Cruz. Al cabo de estos hechos, se dedicó a la agricultura (Chacón, 1929: 157).
Casó con María Lorenza Lineros Sotomayor, quien sobrevivió a su marido, hija de José Antonio Lineros (nacido en Cunaco, Linares, durante la segunda mitad del siglo XVIII; ostentaba el grado de capitán cuando peleó a las órdenes del general Juan Mackenna en Membrillar, el 20 de abril de 1814; hijo del portugués Francisco Lineros [establecido en Cunaco a fines del siglo XVIII] y de Josefa Ibáñez) y de Rosa Sotomayor Ibáñez (hija, a su vez, de Dionisio Sotomayor [gobernador de Linares, 1817-1822; alcanzó al grado de coronel de milicias; la muerte de este conocido vecino fue narrada por el historiador Benjamín Vicuña Mackenna, anotando que "una horda de cien bandidos, al mando de Antonio Pincheira, penetraba a sangre y fuego por las calles de Linares {abril 26 de 1823}, dando muerte al respetable gobernador don Dionisio Sotomayor..." (Vicuña Mackenna, 1868: 496)] y de Casilda Ibáñez Barros [hija de Victoriano Ibáñez y Vizcarra y de la primera mujer de éste, Juana de Barros y Vásquez {Opazo, 1941: 67, 144; Roa, 1945, 872}) (Figueroa, 1931: 585).

Hijos:

1. María de los Santos Quintana Lineros, soltera.
2. Petronila Quintana Lineros, muerta soltera.
3. Ángel Custodio Quintana Lineros, en IV.
4. Amalia Quintana Lineros, muerta soltera.
5. Juan José Segundo Quintana Lineros, nació en Linares en 1872 y murió en Victoria el 4 de agosto de 1906. Estudió en los liceos de Linares y de Santiago, para ingresar luego al seminario de Concepción, donde siguió la carrera eclesiástica. Le cupo servir los puestos de teniente cura de Constitución (1895), párroco de Florida (1898) y párroco de Victoria, este último desde 1901 y hasta su muerte (Chacón, 1929: 176).
6. Lorenza Quintana Lineros, muerta soltera.
7. Rafaela Quintana Lineros, muerta soltera.
8. Nicasio Quintana Lineros, casado con Amalia Espinosa. Hija: Amalia Quintana Espinosa.
9. Pedro Antonio Quintana Lineros, nació en Linares en 1886 y murió en 1924. Estudió sucesivamente en el Liceo de Talca, en el seminario de la misma ciudad y en la Universidad de Chile, donde recibió el título de químico farmacéutico en 1909 (Chacón, 1929: 115).
10. Juan Antonio Quintana Lineros, muerto soltero.
11. Julia Elvira Quintana Lineros, muerta soltera.

IV. Ángel Custodio Quintana Lineros, nacido en Cunaco, Villa Alegre, el 2 de octubre de 1865 y fallecido en Talca el 12 de agosto de 1929. Hizo sus estudios secundarios en el Liceo de Linares (hasta 1880), continuándolos en el de Talca y realizando los superiores en la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile (1884-1887). Juró como abogado el 19 de abril de 1888. Capitán ayudante de la brigada cívica de San Javier, 1888. Designado para el cargo de notario y conservador de bienes raíces de Loncomilla, el 16 de enero de 1891. Una vez acabada la revolución de 1891, fue perseguido por los vencedores y se le encarceló por largo tiempo; finalmente, la corte de apelaciones de Talca lo absolvió (Chacón, 1929: 114). Fue electo municipal en las elecciones de 1891; reelegido en 1894 y en 1896 salió como primer alcalde de San Javier. Promotor fiscal de San Javier, desde el 1º de noviembre de 1899 hasta el 31 de marzo de 1913; juez suplente de Loncomilla, julio de 1909, octubre de 1910 y enero de 1911; defensor de menores de Talca, marzo de 1913; juez suplente en lo civil de Talca, diciembre de 1913, diciembre de 1914 y 1915 y abril de 1917; juez del crimen de Talca, 1º de enero de 1920. Nombrado ministro de la corte de apelaciones de Talca, el 1º de junio de 1924; pero se acogió a jubilación el 2 de abril del año siguiente (Chacón, 1929: 114).
Contrajo matrimonio en San Javier, el 18 de septiembre de 1893, con Elena Aylwin Gajardo (hija de Ricardo Aylwin Fernández [que lo fue del inglés Ricardo Aylwin y de Martina Fernández] y de Domitila Gajardo Valenzuela; tía paterna del ex presidente de la República Patricio Aylwin Azócar).

Hijos (Chacón, 1929; De Ramón, 2003):

1. Carlos Quintana Aylwin, muerto soltero.
2. Guillermo Quintana Aylwin, muerto soltero.
3. Elena Quintana Aylwin.
4. Humberto Quintana Aylwin, nació en San Javier el 8 de julio de 1898. Hizo sus estudios secundarios en el Liceo de Talca y prosiguió su educación en la Universidad de Chile, donde obtuvo el título el médico cirujano el 13 de abril de 1923. Al año siguiente se radicó en Talca y allí sirvió ejerció su profesión en el Hospital del Salvador, en la Asistencia Pública, en el Hospicio y en el regimiento Chorrillos. "Su labor siempre altruista y desinteresada, se ha extendido también hacia la humilde morada del desheredado de la suerte" (Chacón, 1929: 113).
5. María Quintana Aylwin, muerta soltera.
6. Ester Quintana Aylwin, muerta soltera.
7. Alberto Quintana Aylwin, muerto soltero.
8. Arturo Quintana Aylwin, en V.
9. Rebeca Quintana Aylwin, soltera.
10. Sara Quintana Aylwin, soltera.
11. Raquel Quintana Aylwin, soltera.
12. Juan José Quintana Aylwin, estudiante de quinto año de medicina en 1929.
13. Ricardo Quintana Aylwin, nació en San Javier el 23 de mayo de 1910 y murió en Talca el 22 de enero de 1978. Como su padre, estudió en la Universidad de Chile y se recibió de abogado el 20 de diciembre de 1932. Ejerció la profesión en Talca, donde desempeñó el cargo de secretario abogado de la intendencia provincial, y en Santiago. Militante del Partido Socialista Popular, fue elegido diputado por Talca, Lontué y Curepto para el período 1953-1957. Casó el 11 de abril de 1942 con Emma Mafalda Pascual Figari, hija de N Pascual Nolla y de Catalina Figari Forno.
14. Alfredo Quintana Aylwin, muerto soltero.
15. Juan de Dios Quintana Aylwin, muerto soltero.
16. Jorge Quintana Aylwin, muerto soltero.
17. Marta Quintana Aylwin.
18. Héctor Quintana Aylwin, estudiante de humanidades en 1929.

V. Arturo Quintana Aylwin, nació en San Javier el 30 de mayo de 1903. Estudió en el Liceo de Talca y en la Universidad de Chile, donde obtuvo el título de ingeniero en 1926. Bajo su dirección, se construyó el edificio para el regimiento de artillería de Linares y el camino de Constitución a Chanco; fue ingeniero del departamento de Hidráulica, dependiente de la Dirección de Obras Públicas. Más tarde, se desempeñó como ingeniero de planeamiento para la Empresa Nacional de Electricidad. Se le nombró profesor extraordinario de topografía de la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas de la Universidad, así como profesor de la misma asignatura para el curso de conductores de obras. Desde 1933, fue profesor titular de topografía e hidrología para la oficina técnica de la Corporación de Fomento de la Producción (CORFO). En el ámbito gremial, le cupo ser elegido vicepresidente y director del Instituto de Ingenieros de Chile, en 1945 (Empresa Periodística de Chile, 1965-1967: 1260-1261).
Contrajo matrimonio con Olga Bravo Carte.

Hijos:

1. Arturo Quintana Bravo.
2. Olga Quintana Bravo.
3. María Quintana Bravo.
4. Fernando Gregorio Quintana Bravo, nació en Santiago el 6 de diciembre de 1936. Cursó los estudios secundarios en el Liceo José Victorino Lastarria; prosiguió su educación en la Universidad de Chile, donde fue alumno de derecho (1954-1959) y de filosofía (1962-1967). Egresó de derecho en 1959, presentó la memoria intitulada "El cuasidelito penal" y se tituló de abogado en 1964; posteriormente, merced a su tesis "Orígenes y fases de la dialéctica de Platón hasta el diálogo República", obtuvo el grado de licenciado en filosofía en 1967, por la misma casa de estudios. Fue becado por el DAAD (Servicio de intercambio académico de Alemania Federal) para estudiar el doctorado en filosofía en la Ludwig-Maximilians Universität, München (1967-1969). Regresó a Chile en 1969, y al año siguiente se le nombró profesor titular de Filosofía del Derecho, de la cual fuera profesor auxiliar en 1966. Entre 1971 y 1972, fue consejero de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la Universidad de Chile; en 1974, director del departamento de Ciencias del Derecho en esa misma institución. Un año después, se convirtió en investigador de jornada completa para el departamento de Estudios Humanísticos de la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas de la Casa de Bello. Casado con Alicia Quintana Figueroa. Hijos: a) Fernando Andrés Quintana Quintana; y b) María Beatriz Quintana Quintana.
5. Cecilia Quintana Bravo.

III A. María del Rosario Quintana Araya (así figura en la inscripción especial de herencia número 89, fojas 51 vuelta y 52, volumen 49, Conservador de Bienes Raíces de Linares).
Contrajo matrimonio con Juan Luis Almuna, quien murió antes de noviembre de 1906; se inscribió la posesión efectiva de la herencia intestada que quedó a su fallecimiento, el 7 de diciembre de 1906; concedida el 17 de noviembre de ese mismo año a sus herederas legítimas, su viuda María Quintana y la hija única de ambos, Margarita Almuna Quintana (inscripción número 480, fojas 273 y 274, volumen 48, Conservador de Bienes Raíces de Linares).
Compró once cuadras de terreno -comprendidas dentro del fundo Putagán- a Pedro Pablo y Manuel José Campos, por escritura otorgada el 3 de noviembre de 1884 ante el notario suplente de Linares Eduardo Cuéllar (inscripción número 86, fojas 50 y 50 vuelta, volumen 49, Conservador de Bienes Raíces de Linares); adquirió dos cuadras de terreno en la estancia de Maica, por adjudicación que hizo el juez de subdelegación de la primera sección de Linares Adolfo de la Cruz, según escritura otorgada ante el notario de dicha ciudad José Ignacio Pincheira y Sotomayor, el 7 de julio de 1877 (inscripción número 87, fojas 50 vuelta y 51, volumen 49, Conservador de Bienes Raíces de Linares); compró a María del Rosario Encinas viuda de Roa, un retazo de cuatro cuadras de terreno en el título denominado Maica, a orillas del río Putagán, según escritura otorgada el 10 de marzo de 1889 ante el notario Domingo Munizaga (inscripción número 88, fojas 51 y 51 vuelta, volumen 49, Conservador de Bienes Raíces de Linares); finalmente, se le adjudicó catorce cuadras de terreno en Maica por causa de una ejecución seguida contra Maximiliano Campos, según consta de la escritura otorgada ante el notario José Ignacio Pincheira y Sotomayor el 19 de julio de 1881 (inscripción número 89, fojas 51 vuelta y 52, volumen 49, Conservador de Bienes Raíces de Linares). Todos estos bienes fueron heredados por María del Rosario Quintana y Margarita Almuna (véanse las mismas inscripciones precedentes).

Hija única:
1. Margarita Rosa Almuna Quintana, en IV. Nota: La descendencia de Margarita Rosa me fue proporcionada gentilmente por su nieta María Alicia Orrego Insulza.

IV. Margarita Rosa Almuna Quintana.
Se casó en primeras nupcias con Serapio Fuentes San Martín; en segundas, con Carlos Insulza Araneda.

Hijos:
1. María Fuentes Almuna, hija única del primer enlace; profesora. Se casó con Juan Ibáñez Campos, también profesor. Hijos: a) Sara Ibáñez Fuentes; b) Margarita Ibáñez Fuentes; c) Alberto Ibáñez Fuentes; d) Cecilia Ibáñez Fuentes; e) Alfredo Ibáñez Fuentes.
2.- N Insulza Almuna, sin sucesión.
3.- N Insulza Almuna, sin sucesión.
4.- Augusta Trinidad Insulza Almuna, con descendencia hasta hoy.



Referencias:

1. Chacón del Campo, Julio (1929). La provincia de Linares. Santiago de Chile, Imprenta Universitaria. v. II.
2. Empresa Periodística de Chile (1965-1967). Diccionario Biográfico de Chile. 13ª ed. Santiago de Chile, Talleres Gráficos Periodística Chile Ltda.
3. Figueroa, Virgilio (1931). Diccionario Histórico, Biográfico y Bibliográfico de Chile. Santiago de Chile, Establecimientos Gráficos Balcells y Co. v. IV.
4. Opazo, Gustavo (1941). Origen de las familias del antiguo obispado de Concepción. 1551-1800. Santiago de Chile, Librería y Editorial Zamorano y Caperán.
5. Ramón, Armando de (2003). Biografías de chilenos. Santiago de Chile, Ediciones Universidad Católica de Chile. v. III.
6. Roa y Ursúa, Luis de (1945). El Reyno de Chile. 1535-1810. Estudio histórico, genealógico y biográfico. Valladolid, Talleres Tipográficos Cuesta.
7. Vicuña Mackenna, Benjamín (1868). La guerra a muerte. Memoria sobre las últimas campañas de la independencia de Chile, 1819-1824. Santiago de Chile, Imprenta Nacional.



Tercera parte
Personas que posiblemente estén relacionadas con las familias descritas con anterioridad

Juan de Quintana, marido de María de Ávila. Hija: María de Quintana y Ávila, tercera mujer (por matrimonio efectuado en Linares, el 17 de agosto de 1801) de Victorino/Victoriano Ibáñez y Vizcarra; con sucesión (Roa, 1945: 872).

Carmen Quintana del Pino, mujer del abogado Celso Gazmuri del Pino (hijo de Manuel Gazmuri Victoriano y de Juana del Pino y Lerma); dejó sucesión (Gazmuri, s.f.: 7).

Rafael Quintana, casado con Filomena Gazmuri del Pino (hija de Manuel Gazmuri Victoriano y de Juana del Pino y Lerma); dejó sucesión (Gazmuri, s.f.: 7).

Julio Quintana, casado con Eladia Gazmuri del Pino (hermana de Filomena, vista en el párrafo precedentes); dejó sucesión (Gazmuri, s.f.: 8).


Referencias:

1. Gazmuri, Fernando (sin fecha). Familia Gazmuri. Dos siglos en Chile. Internet: http://issuu.com/fernandogazmuri/docs/familia__gazmuri (revisado el día 6 de marzo de 2012).
2. Roa y Ursúa, Luis de (1945). El Reyno de Chile. 1535-1810. Estudio histórico, genealógico y biográfico. Valladolid, Talleres Tipográficos Cuesta.

jueves, 11 de febrero de 2010

Joaquín Lavín, flamante ministro de Educación

La designación de Joaquín Lavín Infante como ministro de Educación no puede menos que sorprenderme. Sus antecedentes académicos son elocuentes: estudios incompletos de Periodismo en la Universidad de Chile; licenciado en economía e ingeniero comercial, por la Pontificia Universidad Católica de Chile, 1976; Master of Arts in Economics, por la Universidad de Chicago, 1979. Digo que son elocuentes, porque de ellos se desprende que no hay el menor atisbo de algún postítulo o postgrado en educación, mucho menos el título de profesor de enseñanza general básica o de enseñanza media. Cabe preguntarse, entonces, ¿cuáles son los méritos de Lavín en el campo de la educación? ¿Es suficiente que dicte clases de su especialidad económica en algunas instituciones de educación superior, para ser nombrado ministro de Educación?

Es posible que su formación económica sirva para reconocer el valor económico de todos los asuntos relacionados con la administración de los organismos educacionales, o, bien, para calcular el costo de los programas gubernamentales en educación. ¿Tendrá, empero, la necesaria lucidez para comprender los desafíos que implica la práctica educativa, las necesidades de docentes y alumnos, el urgente reto de recobrar para la educación el sitio que ocupaba antes del descalabro que llevó a cabo la dictadura militar de Augusto Pinochet o el imperativo de reforzar la educación pública para equipararla a la privada, en términos de calidad? ¿Podrá saber que se requiere una educación integral, que no sólo vista a los estudiantes en cuanto a los requerimientos básicos profesionales, sino que también los modele ética y culturalmente?

Esperemos que, a pesar de no ostentar competencias pedagógicas, cuente con la claridad intelectual para hacerse rodear de personas idóneas y responsables, y con la prudencia y la sabiduría para interpretar adecuadamente las necesidades que hoy presenta la educación. Junto con eso, espero ver a un ministro que entienda lo más importante: la educación es el vehículo del progreso intelectual de los pueblos, más que del adelanto material (directo o indirecto); por lo tanto, es preciso mejorar la calidad de la educación pública, y una de las medidas que más rápidamente se puede tomar es cobijar bajo el alero gubernamental la administración educacional. Los vaivenes municipales impiden que la sujeción de la educación a las alcaldías, surta el efecto de medrarla; antes bien, la empeora y sume en un nivel similar al de cualquier rubro edilicio (aseo y ornato, por ejemplo). El Estado debe asumir esta responsabilidad, y cuanto antes lo haga mejor será el pronóstico de la enfermedad que actualmente carcome los fundamentos de la educación.


Nota: la información tocante a los antecedentes académicos de Joaquín Lavín se han tomado de los siguientes enlaces:

sábado, 31 de octubre de 2009

La gesta de Wittenberg. Martín Lutero y sus noventa y cinco tesis

La mañana del 31 de octubre de 1517, el monje agustino Martín Lutero clavó en la puerta de la iglesia de Todos los Santos, del castillo de Wittenberg (junto al río Elba, en Sajonia, Alemania), unos papeles que contenían noventa y cinco párrafos para discutir la situación de la iglesia católica en aquel tiempo, y varias cuestiones referidas a la fe. Ese documento se convirtió en una invectiva contra la venalidad del proceder de la alta jerarquía católica, y en la depravación moral en la que incurría y persistía el clero de su tiempo. No pretendía Lutero crear una religión, sino que buscaba el retorno de los cristianos a una doctrina más fiel a la predicada por Jesucristo y contenida en la Sagradas Escrituras. Desgraciadamente, la cerrazón intelectual que oscurecía una reflexión madura en los altos dignatarios eclesiásticos creyó que la postura reformista de Lutero era un golpe asestado contra ellos mismos, contra su estado de privilegio y contra todo aquello que deseaban mantener en un statu quo. Hasta hoy, los cristianos católicos habemos de padecer la ceguera de Roma, cuyo mal sigue propagándose a sus hijos e interpretando con deliberado talante la palabra de Dios.

Estas líneas carecerían de su natural sustento, si no se hicieran acompañar de esa compilación de sugerencias para bien conducirse y reclamos contra la perversidad de los dignatarios de la iglesia católica y su inclinación a los vicios que ellos mismos decían aborrecer. He aquí el texto de las noventa y cinco tesis, en castellano:

Por amor a la verdad y en el afán de sacarla a luz, se discutirán en Wittenberg las siguientes proposiciones bajo la presidencia del R. P. Martín Lutero, Maestro en Artes y en Sagrada Escritura y Profesor Ordinario de esta última disciplina en esa localidad. Por tal razón, ruega que los que no puedan estar presentes y debatir oralmente con nosotros, lo hagan, aunque ausentes, por escrito. En el nombre de nuestro Señor Jesucristo. Amén.

1. Cuando nuestro Señor y Maestro Jesucristo dijo: “Haced penitencia...”, ha querido que toda la vida de los creyentes fuera penitencia.

2. Este término no puede entenderse en el sentido de la penitencia sacramental (es decir, de aquella relacionada con la confesión y satisfacción) que se celebra por el ministerio de los sacerdotes.

3. Sin embargo, el vocablo no apunta solamente a una penitencia interior; antes bien, una penitencia interna es nula si no obra exteriormente diversas mortificaciones de la carne.

4. En consecuencia, subsiste la pena mientras perdura el odio al propio yo (es decir, la verdadera penitencia interior), lo que significa que ella continúa hasta la entrada en el reino de los cielos.

5. El Papa no quiere ni puede remitir culpa alguna, salvo aquella que él ha impuesto, sea por su arbitrio, sea por conformidad a los cánones.

6. El Papa no puede remitir culpa alguna, sino declarando y testimoniando que ha sido remitida por Dios, o remitiéndola con certeza en los casos que se ha reservado. Si éstos fuesen menospreciados, la culpa subsistirá íntegramente.

7. De ningún modo Dios remite la culpa a nadie, sin que al mismo tiempo lo humille y lo someta en todas las cosas al sacerdote, su vicario.

8. Los cánones penitenciales han sido impuestos únicamente a los vivientes y nada debe ser impuesto a los moribundos basándose en los cánones.

9. Por ello, el Espíritu Santo nos beneficia en la persona del Papa, quien en sus decretos siempre hace una excepción en caso de muerte y de necesidad.

10. Mal y torpemente proceden los sacerdotes que reservan a los moribundos penas canónicas en el purgatorio.

11. Esta cizaña, cual la de transformar la pena canónica en pena para el purgatorio, parece por cierto haber sido sembrada mientras los obispos dormían.

12. Antiguamente las penas canónicas no se imponían después sino antes de la absolución, como prueba de la verdadera contrición.

13. Los moribundos son absueltos de todas sus culpas a causa de la muerte y ya son muertos para las leyes canónicas, quedando de derecho exentos de ellas.

14. Una pureza o caridad imperfectas traen consigo para el moribundo, necesariamente, gran miedo; el cual es tanto mayor cuanto menor sean aquéllas.

15. Este temor y horror son suficientes por sí solos (por no hablar de otras cosas) para constituir la pena del purgatorio, puesto que están muy cerca del horror de la desesperación.

16. Al parecer, el infierno, el purgatorio y el cielo difieren entre sí como la desesperación, la cuasi desesperación y la seguridad de la salvación.

17. Parece necesario para las almas del purgatorio que a medida que disminuya el horror, aumente la caridad.

18. Y no parece probado, sea por la razón o por las Escrituras, que estas almas estén excluidas del estado de mérito o del crecimiento en la caridad.

19. Y tampoco parece probado que las almas en el purgatorio, al menos en su totalidad, tengan plena certeza de su bienaventuranza ni aún en el caso de que nosotros podamos estar completamente seguros de ello.

20. Por tanto, cuando el Papa habla de remisión plenaria de todas las penas, significa simplemente el perdón de todas ellas, sino solamente el de aquellas que él mismo impuso.

21. En consecuencia, yerran aquellos predicadores de indulgencias que afirman que el hombre es absuelto a la vez que salvo de toda pena, a causa de las indulgencias del Papa.

22. De modo que el Papa no remite pena alguna a las almas del purgatorio que, según los cánones, ellas debían haber pagado en esta vida.

23. Si a alguien se le puede conceder en todo sentido una remisión de todas las penas, es seguro que ello solamente puede otorgarse a los más perfectos, es decir, muy pocos.

24. Por esta razón, la mayor parte de la gente es necesariamente engañada por esa indiscriminada y jactanciosa promesa de la liberación de las penas.

25. El poder que el Papa tiene universalmente sobre el purgatorio, cualquier obispo o cura lo posee en particular sobre su diócesis o parroquia.

26. Muy bien procede el Papa al dar la remisión a las almas del purgatorio, no en virtud del poder de las llaves (que no posee), sino por vía de la intercesión.

27. Mera doctrina humana predican aquellos que aseveran que tan pronto suena la moneda que se echa en la caja, el alma sale volando.

28. Cierto es que, cuando al tintinear, la moneda cae en la caja, el lucro y la avaricia pueden ir en aumento, más la intercesión de la Iglesia depende sólo de la voluntad de Dios.

29. ¿Quién sabe, acaso, si todas las almas del purgatorio desean ser redimidas? Hay que recordar lo que, según la leyenda, aconteció con San Severino y San Pascual.

30. Nadie está seguro de la sinceridad de su propia contrición y mucho menos de que haya obtenido la remisión plenaria.

31. Cuán raro es el hombre verdaderamente penitente, tan raro como el que en verdad adquiere indulgencias; es decir, que el tal es rarísimo.

32. Serán eternamente condenados junto con sus maestros, aquellos que crean estar seguros de su salvación mediante una carta de indulgencias.

33. Hemos de cuidarnos mucho de aquellos que afirman que las indulgencias del Papa son el inestimable don divino por el cual el hombre es reconciliado con Dios.

34. Pues aquellas gracias de perdón sólo se refieren a las penas de la satisfacción sacramental, las cuales han sido establecidas por los hombres.

35. Predican una doctrina anticristiana aquellos que enseñan que no es necesaria la contrición para los que rescatan almas o confessionalia.

36. Cualquier cristiano verdaderamente arrepentido tiene derecho a la remisión plenaria de pena y culpa, aun sin carta de indulgencias.

37. Cualquier cristiano verdadero, sea que esté vivo o muerto, tiene participación en todos los bienes de Cristo y de la Iglesia; esta participación le ha sido concedida por Dios, aun sin cartas de indulgencias.

38. No obstante, la remisión y la participación otorgadas por el Papa no han de menospreciarse en manera alguna, porque, como ya he dicho, constituyen un anuncio de la remisión divina.

39. Es dificilísimo hasta para los teólogos más brillantes, ensalzar al mismo tiempo, ante el pueblo. La prodigalidad de las indulgencias y la verdad de la contrición.

40. La verdadera contrición busca y ama las penas, pero la profusión de las indulgencias relaja y hace que las penas sean odiadas; por lo menos, da ocasión para ello.

41. Las indulgencias apostólicas deben predicarse con cautela para que el pueblo no crea equivocadamente que deban ser preferidas a las demás buenas obras de caridad.

42. Debe enseñarse a los cristianos que no es la intención del Papa, en manera alguna, que la compra de indulgencias se compare con las obras de misericordia.

43. Hay que instruir a los cristianos que aquel que socorre al pobre o ayuda al indigente, realiza una obra mayor que si comprase indulgencias.

44. Porque la caridad crece por la obra de caridad y el hombre llega a ser mejor; en cambio, no lo es por las indulgencias, sino a lo más, liberado de la pena.

45. Debe enseñarse a los cristianos que el que ve a un indigente y, sin prestarle atención, da su dinero para comprar indulgencias, lo que obtiene en verdad no son las indulgencias papales, sino la indignación de Dios.

46. Debe enseñarse a los cristianos que, si no son colmados de bienes superfluos, están obligados a retener lo necesario para su casa y de ningún modo derrocharlo en indulgencias.

47. Debe enseñarse a los cristianos que la compra de indulgencias queda librada a la propia voluntad y no constituye obligación.

48. Se debe enseñar a los cristianos que, al otorgar indulgencias, el Papa tanto más necesita cuanto desea una oración ferviente por su persona, antes que dinero en efectivo.

49. Hay que enseñar a los cristianos que las indulgencias papales son útiles si en ellas no ponen su confianza, pero muy nocivas si, a causa de ellas, pierden el temor de Dios.

50. Debe enseñarse a los cristianos que si el Papa conociera las exacciones de los predicadores de indulgencias, preferiría que la basílica de San Pedro se redujese a cenizas antes que construirla con la piel, la carne y los huesos de sus ovejas.

51. Debe enseñarse a los cristianos que el Papa estaría dispuesto, como es su deber, a dar de su peculio a muchísimos de aquellos a los cuales los pregoneros de indulgencias sonsacaron el dinero aun cuando para ello tuviera que vender la basílica de San Pedro, si fuera menester.

52. Vana es la confianza en la salvación por medio de una carta de indulgencias, aunque el comisario y hasta el mismo Papa pusieran su misma alma como prenda.

53. Son enemigos de Cristo y del Papa los que, para predicar indulgencias, ordenan suspender por completo la predicación de la palabra de Dios en otras iglesias.

54. Oféndese a la palabra de Dios, cuando en un mismo sermón se dedica tanto o más tiempo a las indulgencias que a ella.

55. Ha de ser la intención del Papa que si las indulgencias (que muy poco significan) se celebran con una campana, una procesión y una ceremonia, el evangelio (que es lo más importante) deba predicarse con cien campanas, cien procesiones y cien ceremonias.

56. Los tesoros de la iglesia, de donde el Papa distribuye las indulgencias, no son ni suficientemente mencionados ni conocidos entre el pueblo de Dios.

57. Que en todo caso no son temporales resulta evidente por el hecho de que muchos de los pregoneros no los derrochan, sino más bien los atesoran.

58. Tampoco son los méritos de Cristo y de los santos, porque éstos siempre obran, sin la intervención del Papa, la gracia del hombre interior y la cruz, la muerte y el infierno del hombre exterior.

59. San Lorenzo dijo que los tesoros de la iglesia eran los pobres, mas hablaba usando el término en el sentido de su época.

60. No hablamos exageradamente si afirmamos que las llaves de la iglesia (donadas por el mérito de Cristo) constituyen ese tesoro.

61. Está claro, pues, que para la remisión de las penas y de los casos reservados, basta con la sola potestad del Papa.

62. El verdadero tesoro de la iglesia es el sacrosanto evangelio de la gloria y de la gracia de Dios.

63. Empero este tesoro es, con razón, muy odiado, puesto que hace que los primeros sean postreros.

64. En cambio, el tesoro de las indulgencias, con razón, es sumamente grato, porque hace que los postreros sean primeros.

65. Por ello, los tesoros del evangelio son redes con las cuales en otros tiempos se pescaban a hombres poseedores de bienes.

66. Los tesoros de las indulgencias son redes con las cuales ahora se pescan las riquezas de los hombres.

67. Respecto a las indulgencias que los predicadores pregonan con gracias máximas, se entiende que efectivamente lo son en cuanto proporcionan ganancias.

68. No obstante, son las gracias más pequeñas en comparación con la gracia de Dios y la piedad de la cruz.

69. Los obispos y curas están obligados a admitir con toda reverencia a los comisarios de las indulgencias apostólicas.

70. Pero tienen el deber aún más de vigilar con todos sus ojos y escuchar con todos sus oídos, para que esos hombres no prediquen sus propios ensueños en lugar de lo que el Papa les ha encomendado.

71. Quién habla contra la verdad de las indulgencias apostólicas, sea anatema y maldito.

72. Mas quien se preocupa por los excesos y demasías verbales de los predicadores de indulgencias, sea bendito.

73. Así como el Papa justamente fulmina excomunión contra los que maquinan algo, con cualquier artimaña de venta en perjuicio de las indulgencias.

74. Tanto más trata de condenar a los que bajo el pretexto de las indulgencias, intrigan en perjuicio de la caridad y la verdad.

75. Es un disparate pensar que las indulgencias del Papa sean tan eficaces como para que puedan absolver, para hablar de algo imposible, a un hombre que haya violado a la madre de Dios.

76. Decimos por el contrario, que las indulgencias papales no pueden borrar el más leve de los pecados veniales, en concierne a la culpa.

77. Afirmar que si San Pedro fuese Papa hoy, no podría conceder mayores gracias, constituye una blasfemia contra San Pedro y el Papa.

78. Sostenemos, por el contrario, que el actual Papa, como cualquier otro, dispone de mayores gracias, saber: el evangelio, las virtudes espirituales, los dones de sanidad, etc., como se dice en 1ª de Corintios 12.

79. Es blasfemia aseverar que la cruz con las armas papales llamativamente erecta, equivale a la cruz de Cristo.

80. Tendrán que rendir cuenta los obispos, curas y teólogos, al permitir que charlas tales se propongan al pueblo.

81. Esta arbitraria predicación de indulgencias hace que ni siquiera, aun para personas cultas, resulte fácil salvar el respeto que se debe al Papa, frente a las calumnias o preguntas indudablemente sutiles de los laicos.

82. Por ejemplo: ¿Por qué el Papa no vacía el purgatorio a causa de la santísima caridad y la muy apremiante necesidad de las almas, lo cual sería la más justa de todas las razones si él redime un número infinito de almas a causa del muy miserable dinero para la construcción de la basílica, lo cual es un motivo completamente insignificante?

83. Del mismo modo: ¿Por qué subsisten las misas y aniversarios por los difuntos y por qué el Papa no devuelve o permite retirar las fundaciones instituidas en beneficio de ellos, puesto que ya no es justo orar por los redimidos?

84. Del mismo modo: ¿Qué es esta nueva piedad de Dios y del Papa, según la cual conceden al impío y enemigo de Dios, por medio del dinero, redimir un alma pía y amiga de Dios, y por qué no la redimen más bien, a causa de la necesidad, por gratuita caridad hacia esa misma alma pía y amada?

85. Del mismo modo: ¿Por qué los cánones penitenciales que de hecho y por el desuso desde hace tiempo están abrogados y muertos como tales, se satisfacen no obstante hasta hoy por la concesión de indulgencias, como si estuviesen en plena vigencia?

86. Del mismo modo: ¿Por qué el Papa, cuya fortuna es hoy más abundante que la de los más opulentos ricos, no construye tan sólo una basílica de San Pedro de su propio dinero, en lugar de hacerlo con el de los pobres creyentes?

87. Del mismo modo: ¿Qué es lo que remite el Papa y qué participación concede a los que por una perfecta contrición tienen ya derecho a una remisión y participación plenarias?

88. Del mismo modo: ¿Que bien mayor podría hacerse a la iglesia si el Papa, como lo hace ahora una vez, concediese estas remisiones y participaciones cien veces por día a cualquiera de los creyentes?

89. Dado que el Papa, por medio de sus indulgencias, busca más la salvación de las almas que el dinero, ¿por qué suspende las cartas e indulgencias ya anteriormente concedidas, si son igualmente eficaces?

90. Reprimir estos sagaces argumentos de los laicos sólo por la fuerza, sin desvirtuarlos con razones, significa exponer a la Iglesia y al Papa a la burla de sus enemigos y contribuir a la desdicha de los cristianos.

91. Por tanto, si las indulgencias se predicasen según el espíritu y la intención del Papa, todas esas objeciones se resolverían con facilidad o más bien no existirían.

92. Que se vayan, pues todos aquellos profetas que dicen al pueblo de Cristo: “Paz, paz”; y no hay paz.

93. Que prosperen todos aquellos profetas que dicen al pueblo: “Cruz, cruz” y no hay cruz.

94. Es menester exhortar a los cristianos que se esfuercen por seguir a Cristo, su cabeza, a través de penas, muertes e infierno.

95. Y a confiar en que entrarán al cielo a través de muchas tribulaciones, antes que por la ilusoria seguridad de paz.



Fuente del texto de las 95 tesis:

sábado, 24 de octubre de 2009

Lucrecia León Bravo, la musa inspiradora de Claudio Arrau

El 25 de octubre de 1959, el espíritu vital de la señora Lucrecia León Bravo se apagaba en la residencia de su hijo, situada de Douglaston, Long Island, Nueva York. Al momento de morir, faltaba menos de un mes para que celebrara un siglo de vida junto a su familia.

Lucrecia León Bravo nació en Quirihue, provincia de Ñuble, el 15 de noviembre de 1859, en el hogar del notario de esa localidad José Ignacio León Muñoz y de Catalina Bravo. Hay quienes señalan que verdadero apellido de esta última fue Bravo de Villalba, pero de esto no hay pruebas concluyentes.

Se desconoce cuáles hayan sido sus estudios; lo que sí se conoce, y con sólidos fundamentos, es que fue maestra de piano y gastaba buena parte de su tiempo en el estudio de partituras y en la lectura de escritores franceses. Contrajo matrimonio con el médico oftalmólogo Carlos Arrau Ojeda, uno de los tantos vástagos de un linaje de propietarios de vastas propiedades agrícolas conformado por Juan Antonio Arrau Daroch y María Claudina Ojeda Rivera.

De los hijos que concibió, Claudio Arrau León fue el que mayor fama cobró de todos ellos. Cuando éste nació, en 1903, Lucrecia contaba poco menos de cuarenta y cuatro años de edad. Transcurrió un año y Carlos Arrau sufrió un accidente que le costó la vida: cabalgaba despreocupadamente y, en un instante, cayó del caballo y se azotó mortalmente. La cómoda situación económica de los Arrau León recibió un golpe que pudo destruir a la familia; la férrea voluntad de Lucrecia, empero, hizo frente a la tempestad que se le venía encima y comenzó a sustentar a los suyos mediante su propio trabajo.

Dentro de la desgracia que supuso la pérdida del padre de familia, hubo un hecho que iluminó la oscuridad que vendó temporalmente los ojos de Lucrecia: Claudio sentía mucho placer al escucharla tocar el piano, y pronto pidió acceder a él. Como demostrara una precocidad para la música, la madre se empeñó con toda su alma a prodigar la educación artística que el hijo necesitaba para progresar en su intento. A la edad de cinco años, Claudio se presentó en el Teatro Municipal de Chillán y ofreció a la sociedad elegante de esa pequeña ciudad un concierto que produjo admiración. Se cuenta que, debido a la brevedad de longura de sus piernas, Claudio tuvo que ponerse unos artefactos de madera para alcanzar los pedales del piano en el que tocaría. En esta actuación, Lucrecia había trazado en su mente el camino que granjearía a su hijo un éxito halagador, y para ella y los suyos un mejor pasar.

La tenacidad que Lucrecia desplegaba rindió frutos: algún tiempo después del referido concierto, Claudio tocó para el presidente de la República Pedro Montt, en el Palacio de la Moneda, y para los parlamentarios en el Congreso Nacional. El gobierno, maravillado ante la sobresaliente y desacostumbrada capacidad musical del joven, lo becó para estudiar en Alemania. La historia que se escribió más tarde es bien conocida, por lo cual no me detendré a narrarla. Sólo quiero esbozar líneas para recordar a una mujer que bregó con valor y constancia para proporcionar a su hijo la posibilidad de forjarse un destino importante. Lo que consiguió con creces.

domingo, 7 de junio de 2009

Los archivos privados en manos de cualquiera que pague por ello: Who Chile

"Who? es un portal de servicios de información para clientes registrados que tiene como objetivo ayudar a las personas a conocer y a controlar su información pública que se conoce en el mercado. Con un mayor valor agregado, el servicio pretende que sus usuarios también conozcan y encuentren información pública o autorizada por sus dueños de otras personas, conocidas o desconocidas, cercanas o lejanas, relaciones de negocios, amistad, vecindad, etc.

"Hemos finalizado nuestra etapa de prueba, a la cual han respondido miles de interesados. TryWho cuenta hoy con más de 10.000 usuarios registrados de los cuales hemos recibido muchas sugerencias, las que comenzaremos a implementar a partir de este momento. ¡Desde ya muchas gracias por acompañarnos en esta jornada!".

Estos párrafos completan un cuadro de diálogo que aparece al navegante virtual cuando digita en el buscador web http://www.trywho.com/, un novedoso portal dedicado al acopio de información personal y privada.

¿Qué cosas se pueden conocer?
En palabras sencillas y breves, todo lo que usted quisiera ocultar (si tiene motivos para ello): edad, comportamiento comercial (pago de cheques, documentos protestados, cuentas bancarias, entre otras), domicilio, bienes raíces (casas, tierras), bienes muebles (vehículos de todo tipo)... peligroso, ¿no? Y lo peor de todo: basta digitar el número de R. U. N. (rol único nacional) para saber quién es usted, qué es lo que hace, cómo, dónde y cuándo... Casi como si se tratara de un cuestionario para emprender una investigación periodística. Y por sólo una módica suma: entre mil 990 y 3 mil 490 pesos. ¡Eso vale usted!

¿Cómo se consigue la información?
Las fuentes de las cuales se nutre Who Chile son, generalmente, asociados al Estado chileno: el Servicio de Registro Civil e Identificación, el Servicio Electoral, etc. Se trata de organismos que, por su naturaleza, mantienen archivos de público acceso. Por lo tanto, Who Chile no hace nada ilegal.

Consideraciones éticas
Hace bastante tiempo que los seres humanos civilizados hemos ido perdiendo nuestra privacidad paulatinamente. Nuestros datos personales deambulan en un océano de instituciones públicas y privadas, y difícilmente sabemos si personales inescrupulosas los manejan. Así como afirmamos sin mayor análisis que vivimos inmersos en un mundo globalizado, también podemos sostener -sin temor a equivocarnos- que el mundo en que vivimos se equilibra sobre los antecedentes personales de los hombres y mujeres que habitan el orbe.

Pensemos por un momento los registros que se podrían conservar de nosotros. ¿Cuál es la institución que ve nuestros primeros pasos académicos? La escuela. Allí reposan en libros escondidos en alguna sala oscura, los antecedentes de nuestro comportamiento infantil, adolescente y adulto; las travesuras que cometimos; la identidad de nuestros padres; el domicilio o los domicilios que tuvimos; los lugares donde residimos; las aficiones y gustos que manifestamos en esas etapas tempranas de nuestra vida...

¿Dónde nos otorgaron nuestra primera cédula de identidad? ¿Adónde acudimos para solicitar copias de nuestros certificados de nacimiento? El Registro Civil. Nos estamparon las huellas dactilares en trozos de papel blanco, tomaron fotos de nuestra cara, nos signaron con un número único e irrepetible (que es con el que realizamos toda clase de trámites)... Allí inscribimos nuestro vehículo (si lo tuvimos), nuestro matrimonio, la defunción de nuestros padres o la de nuestros hijos o hermanos...

Cuando padecemos una dolencia, ¿adónde pedimos auxilio? El hospital. Conservan fichas de nuestro historial médico, conocen nuestras enfermedades, los secretos más íntimos de nosotros mismos: a qué le tenemos miedo, qué cosas pensamos en los lugares más recónditos de nuestra mente, qué nos provoca alergia, qué nos suscita vértigo o mareos...

¡Para qué seguir, si ya creo que se entendió el trasfondo! Nuestra identidad, nuestra privacidad, se ha diluido en una serie de acciones que nos han obligado a desprendernos de parte de nuestra individualidad, para pasar a formar parte de una colectividad. Decimos frecuentemente que el exponerse a los medios de comunicación es sinónimo de la pérdida de la privacidad. ¡Tamaña falsedad! Porque ya la hemos ido abandonando con nuestras propias actividades. Donde vayamos, estamos desvistiendo nuestro ser al proporcionar datos que son propios.

Pero ¡cuidado! Todas las acciones anteriores han sido obradas por nuestro consentimiento, o por el consentimiento de personas en quienes confiamos. Who Chile se apropia de nuestros datos sin que le hayamos extendido nuestra autorización. Esto es sumamente peligroso, pues dicha información podría ser utilizada por agentes nocivos para nuestra integridad.


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miércoles, 25 de marzo de 2009

La verdad en campaña, de Martínez de Bernabé

El pasado año 2008, el proyecto de Ricardo Mendoza Rademacher, Patricio Silva Lara, Jimena Jerez Bezzenberger y Mauricio Gómez, salió favorecido con la ayuda económica que todos los años proporciona Conarte; en este caso, a través de la Corporación Cultural Municipal de Valdivia. ¿En qué consistió el aludido proyecto? La publicación de una de las obras de mayor valor para el conocimiento de la historia de Valdivia: La verdad en campaña, escrita en 1782 por el capitán de infantería española y castellano de Cruces Pedro de Usauro Martínez de Bernabé y Marzán.

En el portal de difusión de obras nacionales Memoria Chilena (www.memoriachilena.cl), estaba alojada la versión impresa de esa obra, cuya preparación y edición fueron realizadas por Nicolás Anrique, quien dio a conocer el libro en 1898. Sin embargo, para quienes estimamos que Internet nunca podrá competir con un texto impreso en cuanto a varios elementos por considerar (facilidad de transporte y manejo, ubicuidad en cuanto al lugar donde se pueda emplear, sencillez para la conservación, entre otros), la presencia de La verdad en campaña en aquel soporte virtual constituía sólo un aliciente para soñar con su próxima aparición en papel.

Cuando hoy me dirigí a la biblioteca central de mi casa de estudios -la Universidad Austral de Chile-, más o menos al mediodía, me sorprendí en grado máximo al ver un libro en una de los estantes destinados a la literatura histórica: mientras allí hurgaba vi el lomo de ese libro, La verdad en campaña. Por algunos momentos, no cabía en mí la alegría de ver finalmente semejante monumento historiográfico en formato impreso. Al fin podía llevarlo a mi casa y hojear sus páginas dondequiera que yo me situara.

Ediciones Kultrún, una casa editorial valdiviana que gradualmente va creciendo en prestigio y calidad de sus publicaciones, dio a la luz el mencionado fruto de la mente de Martínez de Bernabé. Recomiendo a los interesados en conocer la historia regional, y, muy especialmente, la de Valdivia y sus términos, adquirir este libro; el estilo del autodenominado "infanzón de sangre y naturaleza del reino de Aragón" es grato y claro para el lector de nuestros días, aunque pueda dar con algunos escollos lexicológicos propios del lenguaje colonial.